Comunicación antirracista: contar con las personas que lo viven
En Entropía nos hemos reunido con Gabriella Nuru, gestora cultural, poeta, activista y cofundadora de Uhuru Valencia, un colectivo de personas negras, africanas y afrodescendientes que trabaja por visibilizar y respetar a estas comunidades en la ciudad de València. La conversación nos ha llevado a reflexionar sobre algo que, como organización, nos interpela directamente: ¿desde dónde hablamos cuando hablamos de antirracismo? ¿Con quién contamos cuando construimos mensajes? ¿A quién estamos sirviendo realmente con nuestra comunicación?
Estas preguntas no tienen respuestas sencillas, pero Gabriella nos ofrece herramientas para empezar a hacérnoslas con honestidad.
¿Qué es la comunicación antirracista?
Gabriella define la comunicación antirracista como aquella que «tiene un enfoque crítico que busca activamente quitar los prejuicios de nuestros cuerpos». Una comunicación que parte de la conciencia de que los mensajes que construimos y consumimos no son neutros: «la comunicación está muy sesgada y siempre hay una idea de lo que somos supuestamente».
La comunicación no solo transmite información. También produce imaginarios sociales, jerarquías y formas de entender el mundo. Por eso, el racismo no se limita a actos individuales de discriminación: también opera a través de narrativas históricas que han situado a unas personas como sujetos legítimos de la palabra y a otras como objetos de observación, análisis o intervención.
Esa idea preconcebida, ese molde en el que se encajan a las personas negras antes de que puedan hablar por sí mismas, es precisamente lo que la comunicación antirracista trata de desmantelar. Y para hacerlo no basta con nombrar el racismo: también hay que evitar homogeneizar discursos, asumir posiciones o convertir a las personas negras en una categoría única, sin matices ni diferencias internas.
Frente a esa lógica, el enfoque antirracista propone algo aparentemente sencillo pero profundamente transformador: «humanizarnos, darnos el valor que tenemos y sustituir las narrativas que siempre han estado acompañándonos». No se trata únicamente de evitar imágenes o palabras ofensivas. Se trata de repensar desde la raíz quién construye el relato, con qué intención y desde qué lugar.
Aunque las formas de discriminación cambian con el tiempo, persisten estructuras simbólicas que siguen definiendo quién aparece como protagonista de la historia, quién es percibido como ciudadanía plena y quién continúa siendo representado desde la alteridad. No podemos olvidar que muchas representaciones contemporáneas de las personas negras siguen estando condicionadas por imaginarios heredados del colonialismo.
El error más común: hablar sin contar con las personas afectadas
Si hay un fallo que Gabriella señala de forma clara y contundente, es el de la ausencia, el de dar por hecho. Construir relatos sobre personas negras sin sentarlas en la mesa es uno de los errores más frecuentes y más profundos. Gabriella lo señala de forma clara: «El error más frecuente en comunicación es no contar con nosotras, dar por hecho lo que nos pasa, nos atraviesa y, sobre todo, basarse en ejemplos muy estereotipados». El racismo se transforma. Si quieres hacer una campaña publicitaria donde vayas a denunciar estas situaciones, tienes que hablar y contar principalmente con las personas que lo sufren. No me parece normal que se quiera hablar de antirracismo y no haya personas a las que les atraviese ahí sentadas.»
Y añade algo que debería ser principio básico de cualquier proyecto de comunicación que aspire a ser responsable: «Uno de los mayores errores de la comunicación es dar por hecho que todas las personas negras vivimos lo mismo, pensamos lo mismo y sentimos lo mismo». Entonces, cuando tú vas a entrevistar a una persona negra, estás entrevistando a UNA persona negra, que no tiene por qué haber vivido, sentido o pensado lo mismo que otra. El mayor error de la comunicación es dar por hecho que somos un grupo homogéneo, que no nos diferenciamos para nada y que, por ende, no tenemos características diversas.»
Su crítica apunta directamente a la homogeneización como forma de deshumanización: reducir a las personas a una categoría, borrar sus individualidades y asumir que una sola voz puede hablar por todas. Por eso, la representación no puede quedarse en algo estético. Tiene que convertirse en una cuestión de justicia. No basta con aparecer; es necesario participar en la definición de los relatos y en la distribución del poder que los hace posibles.
El desafío para las organizaciones consiste, por tanto, en pasar de una lógica de inclusión simbólica a una lógica de transformación institucional. Contar con personas negras, afrodescendientes y racializadas no debería ser un gesto puntual para validar una campaña, sino una práctica sostenida que atraviese los equipos, los procesos, las decisiones y las formas de producir conocimiento.
Desde esta mirada, el antirracismo no es solo una herramienta de comunicación, una transversalidad a tener en cuenta ni una tendencia discursiva. Es una práctica política orientada a democratizar quién puede producir significado, cuestionar desigualdades históricas y ampliar quiénes tienen derecho a narrar la realidad desde su propia experiencia.
¿Cómo saber si una campaña antirracista se ha hecho bien?
La respuesta de Gabriella es clara: hay que mirar el proceso, no solo el resultado. «Una señal fundamental que indica que una campaña antirracista se ha trabajado con responsabilidad es que la persona negra se sienta representada de forma digna y respetuosa». Pero esa dignidad y ese respeto no surgen de la nada en el momento de la publicación; son el resultado de decisiones tomadas mucho antes.
«Solo se puede conseguir cuando a lo largo de la campaña se ha contado siempre con la perspectiva y la mirada negra», explica. La mirada afro, insiste, debe estar en el centro del proceso creativo. No como un sello de aprobación que se busca al final para dar legitimidad a un trabajo ya hecho, sino como una presencia activa, constante y determinante desde el principio. «Para mí eso es primordial: que una asesoría cuente con nosotras.»
Una campaña antirracista se trabaja con responsabilidad cuando no reproduce una lógica de representación extractiva, es decir, cuando no utiliza a las personas racializadas como recurso narrativo, sino que reconoce su agencia en la construcción del mensaje. Esto implica pasar de una lógica de “hablar sobre” a una lógica de co-producción del discurso, donde las voces implicadas no son decorativas ni meramente testimoniales, sino estructurales.
Esto tiene implicaciones prácticas muy concretas: ¿quién está en el equipo creativo? ¿Quién toma las decisiones? ¿Quién revisa los contenidos? ¿A quién se consulta cuando surgen dudas? ¿Quién ha sido escuchado y quién ha cobrado por su trabajo, su experiencia y su conocimiento? Si una campaña habla de antirracismo pero internamente reproduce las mismas jerarquías de siempre, hay una contradicción importante.
También importa cómo reciben estas campañas las comunidades racializadas. No hace falta que haya unanimidad, porque eso no existe, pero sí conviene preguntarse si las personas se sienten reconocidas, si se ven reflejadas con respeto o si detectan estereotipos y simplificaciones que les incomodan.
Una invitación a revisar nuestras formas
Esta conversación con Gabriella nos recuerda que la comunicación responsable implica preguntarse quién está en la sala cuando se toman las decisiones, quién tiene voz en el proceso creativo y a quién le estamos pidiendo que se vea reflejada en lo que producimos.
Desde Entropía, esta conversación no es un punto de llegada sino una invitación a seguir revisando nuestras propias formas: los supuestos desde los que partimos, las voces que incluimos y las que, quizás sin darnos cuenta, seguimos dejando fuera. Escuchar a Gabriella es, también, un recordatorio de que el antirracismo no es un posicionamiento estático que se declara una vez, sino una práctica que exige revisión, humildad y compromiso constante.